El Tribunal Federal de Miami era un monumento a la intimidación, con sus columnas de piedra blanca y sus techos abovedados diseñados para hacer sentir pequeño a cualquiera que cruzara sus puertas. Para Alexander Blackwood, sin embargo, el edificio no representaba la justicia, sino la última trinchera de una guerra que le había costado sangre y libertad.
Sentado en el banquillo de los acusados, Alexander mantenía la postura erguida, a pesar del dolor residual en su hombro. Llevaba el mismo traje