La victoria no olía a champán ni a fuegos artificiales. Olía al silencio denso y pesado que se instala en una casa cuando el último abogado se ha marchado y los teléfonos han dejado de sonar. En la mansión Blackwood, la medianoche había traído consigo una calma extraña, casi irreal, como si el mundo exterior hubiera decidido contener el aliento por respeto a los supervivientes.
Alexander estaba sentado en el borde de la cama king size, con la camisa desabrochada y la cabeza entre las manos. Su