La Catedral de Saint Mary en Miami nunca se había sentido tan pequeña. A pesar de sus techos altos y sus vitrales que filtraban la luz de la mañana en tonos violetas y ámbar, el aire estaba saturado por el aroma dulzón de miles de coronas de flores y el perfume caro de la élite de Florida. Era un funeral de Estado en todo menos en el nombre.
Michael Sterling no era solo un empresario; era el tejido conectivo de una ciudad que se construía sobre ambiciones y traiciones. Pero hoy, el hombre que c