El aire en el muelle privado de Miami se sentía pesado, cargado de una humedad que se pegaba a la piel como una premonición. Michael Sterling, con su maletín de cuero apretado contra el pecho, miraba las luces de la ciudad a lo lejos. Sabía que estaba caminando sobre el filo de una navaja. Había citado a su contacto del FBI en un punto neutral, pero el silencio que lo rodeaba era demasiado perfecto, demasiado artificial.
—Llegas tarde, Michael —una voz gélida, con un marcado acento italiano, co