La lluvia no era una bendición en el muelle 44; era una cortina de ruido que ocultaba el pecado. Alexander Blackwood estaba apoyado contra la pared de hormigón de un almacén abandonado, dejando que el agua empapara su abrigo de lana negra. Ya no había rastro del hombre que horas antes hablaba con elegancia en una catedral. Sus ojos, antes calculadores, ahora eran pozos de una furia estática, una rabia que no gritaba, sino que quemaba hacia adentro.
En su mano derecha sopesaba una porra táctica