—Buenos días, amor —dijo Mary Carmen mientras abría la puerta de la oficina con una sonrisa radiante—. Saliste tan temprano esta mañana que no me dio tiempo ni de verte. Caminó hasta él y le plantó un beso en la mejilla.
Pedro Juan alzó la vista de su escritorio, visiblemente sorprendido. Su esposa rara vez se presentaba en su oficina, y mucho menos con ese tono tan afable o con muestras de afecto. Normalmente, los saludos entre ellos eran fríos, casi burocráticos.
—Sí… tenía una reunión a pri