—¿Tú estás segura de esto? —preguntó Elvira, con los brazos cruzados y una ceja en alto, mirando a Maribel frente al espejo.
—Segurísima —respondió ella con calma, mientras se abrochaba el pendiente de diamantes color amatista.
—Amiga, así no se va a una gala. Así se va a un entierro. Y el cadáver es Pedro Juan.
Maribel sonrió. Llevaba un vestido rojo vibrante, de satén, con escote corazón y abertura lateral hasta el muslo. Su cabello rubio natural caía en ondas suaves. Sus ojos azul hielo, del