El restaurante estaba iluminado con una tenue luz ámbar que le daba al ambiente un aire íntimo, casi irreal. Pedro Juan llevaba el mismo rostro adusto de siempre, pero Mary Carmen… parecía una versión más cálida de sí misma. Había elegido un vestido negro de escote discreto, pero ceñido a la cintura, y un peinado suelto que le enmarcaba el rostro con dulzura.
—Gracias por aceptar cenar conmigo —dijo Mary Carmen, colocando su servilleta sobre el regazo—. Siento que cada vez es más difícil tenert