La noche era serena, casi mágica, cuando Rodrigo detuvo el auto frente al edificio de Maribel. El chofer descendió para abrirle la puerta, pero ella ya había salido antes de que lo hiciera. Sentía mariposas en su estomago, no por nervios, sino por una emoción extraña que no había experimentado con ninguno de los hombres de su pasado.
—Gracias por esta noche —dijo ella, mientras se colocaba el abrigo sobre los hombros.
—Gracias a ti por aceptarla —respondió Rodrigo, observándola con una sonrisa