La jornada había sido larga y cargada de silencios incómodos en el bufete. Maribel se mantuvo concentrada en su trabajo, inmune a las miradas que Pedro Juan le lanzaba cada vez que pasaba por su oficina.
A media mañana, un nuevo ramo de flores blancas y violetas llegó a su escritorio. Como cada día, una tarjeta escrita a mano:
“Cada día que pasa, me convenzo más de lo afortunado que soy de conocerte. —R”
Maribel sonrió. No pudo evitarlo.
Y fue justo en ese momento que Pedro Juan cruzó por el pa