Llegué a casa y decidí encerrarme en mi habitación, ya había tenido mucho por hoy. Pero el sonido del picaporte siendo forzado una y otra vez retumbó en la habitación como un eco lejano.
—¡Atenea! Abre la puerta. Tenemos que hablar como adultos, esto es ridículo —la voz de Julián me provocaba tanto fastidio ahora.
No respondí. Ni siquiera me moví de la esquina de la cama donde estaba sentada, con las piernas encogidas contra el pecho. Escuché el siseo de sus pasos alejándose finalmente por el p