No pegué un ojo en toda la noche, Lucio lo había visto. Sabía perfectamente lo que contenía la bolsa que se había llevado por error.
Me senté en el borde del colchón, hundiéndome el rostro en las manos, sintiendo una oleada de angustia tan densa que me costaba respirar. Desde la noche en que me escapé del altar, Lucio se había convertido en un faro importante en medio de la tormenta, el hombre que me había salvado de mi propio funeral y que, sin pedir nada a cambio, se había plantado como un es