El olor a sopa de verduras me golpeó apenas crucé el umbral del hogar de niños. No era el ambiente pulcro y lujoso de los Rossi y los Lombardi.
Miré mis zapatos de diseñador y, por un segundo, me sentí una intrusa absoluta. ¿Qué hacía yo acá?
—¡Cuidado! —gritó una vocecita antes de que un cuerpo pequeño impactara directamente contra mis piernas.
Un nene de no más de cinco años, con las mejillas sucias de tierra y una sonrisa a la que le faltaban dos dientes, me miró desde abajo. En sus manos so