El espejo de cuerpo entero me devolvía la imagen de una desconocida. Entre capas de tul, encaje francés y una seda tan blanca que lastimaba la vista, ahí estaba yo: la moneda de cambio de la familia Rossi. Mi respiración agitaba el corsé, apretado hasta el punto de la asfixia.—No te muevas, Atenea. Vas a arruinar el peinado y no tenemos tiempo para histerias.La voz de mi madrastra, Elena, cortó el aire como un látigo. Estaba de pie detrás de mí, ajustándome el velo con una eficiencia gélida. Sus dedos rozaban mi nuca y me producían escalofríos. Ella siempre había tenido esa sonrisa fría y aterradora.—Hoy es un gran día —continuó ella, mirándome a través del reflejo con sus ojos calculadores—. Por fin serás útil para esta casa. Unirnos con los Lombardi no es solo un matrimonio, es la salvación de nuestro patrimonio.—No lo hago por el patrimonio, Elena —respondí, tratando de mantener la voz firme—. Lo hago porque amo a Julián. Él es el único que me ve de verdad, fuera de este apelli
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