El aire pesado del interior de la parroquia fue reemplazado por el calor sofocante del mediodía en la ciudad. Julián me llevaba del brazo con una firmeza posesiva ante los pocos curiosos que aún merodeaban, pero para mí no era más que el agarre de un carcelero. Apenas nos alejamos unos metros de la puerta principal, bajo la sombra de los arcos de piedra, lo obligué a soltarme con un tirón seco.
—Atenea, tenemos que terminar con este circo —soltó sin preámbulos. Se veía impecable, como siempre,