Cuando bajé las escaleras a la mañana siguiente, me aseguré de que no hubiera un solo cabello fuera de su lugar. Elegí un vestido de líneas perfectas, un color gris azulado tan sobrio como el amanecer de invierno. Quería que vieran exactamente lo que necesitaban temer: una mujer impecable, pulcra y absolutamente vacía de toda emoción.
Al entrar al comedor, Elena y Bianca contuvieron el aliento de golpe. Vi la tensión en sus hombros, la forma en que sus ojos se agrandaron al verme caminar con pa