El silencio de la parroquia solía ser mi refugio, el único rincón del mundo donde el ruido de mis propios pensamientos se apaciguaba.
Al entrar me desabotoné el cuello clerical con dedos torpes, sintiendo que la prenda me asfixiaba. Me ahogaba una sensación densa, oscura y punzante que se me colaba por debajo de la piel.
Al cerrar los ojos, volvía a ver las luces de cristal, a escuchar la música de fondo y, sobre todo, la veía a ella. Atenea. Su imagen flotando en la pista de baile, envuelta en