El estacionamiento del centro comercial estaba lleno de gente. Llevaba en las manos dos bolsas con lencería de encaje negro, transparencias estratégicas y un pequeño dispositivo de silicona médica que Regina prácticamente me había obligado a comprar bajo el lema de que debía recuperar el control sobre mi propio cuerpo. Una locura.
Saqué las llaves del auto de la cartera, apurando el paso. Quería meter todo en el baúl antes de que la culpa —o el sentido común— me hiciera volver sobre mis pasos p