A doscientos kilómetros de la pasión que ardía en los bosques del norte, Helsinki dormía bajo una capa de aguanieve gris y sucia. Pero bajo las calles modernas, en una cámara subterránea donde la señal de los móviles moría y el aire olía a piedra húmeda y sangre seca, se estaba librando una guerra muy diferente.
La Sala del Consejo no había cambiado en quinientos años. No había ventanales, solo antorchas de fuego real que proyectaban sombras danzantes sobre los estandartes raídos de las doce ma