A doscientos kilómetros de la pasión que ardía en los bosques del norte, Helsinki dormía bajo una capa de aguanieve gris y sucia. Pero bajo las calles modernas, en una cámara subterránea donde la señal de los móviles moría y el aire olía a piedra húmeda y sangre seca, se estaba librando una guerra muy diferente.
La Sala del Consejo no había cambiado en quinientos años. No había ventanales, solo antorchas de fuego real que proyectaban sombras danzantes sobre los estandartes raídos de las doce manadas originales. El silencio era tan denso que pesaba sobre los hombros.
Ingrid estaba de pie en el centro del círculo de piedra rúnica. Iba vestida para matar, enfundada en un traje sastre blanco inmaculado que costaba más que la vida de un humano promedio, con el cabello rubio recogido en un moño tenso que estiraba sus facciones felinas. Por fuera, era la imagen de la realeza licántropa; por dentro, su lobo arañaba sus costillas, temblando de una rabia ácida y corrosiva.
A su lado, Jarl, su p