Mientras los bebés dormían protegidos en sus cápsulas blindadas, el sótano de la mansión se había convertido en una fábrica de guerra.
El olor a estaño soldado y café cargado llenaba el aire. Rose y Elena trabajaban hombro con hombro en una mesa larga llena de cables, chips y los preciosos Núcleos de Iridio que casi les cuestan la vida.
—La estructura molecular del Iridio es fascinante —decía Rose, soldando un microchip con unas gafas de aumento puestas—. Actúa como un espejo para las ondas sónicas. Si integramos esto en los auriculares tácticos...
—...el arma de Julian rebotará —completó Elena, tecleando el código de encriptación en su portátil—. No solo anulará el sonido, sino que creará un bucle de retroalimentación. Si intentan paralizarnos, se paralizarán sus propios equipos.
Elena miró a su amiga. Rose tenía ojeras y estaba pálida, pero trabajaba con una determinación feroz. —Gracias por venir, Rose. Sé que estás asustada.
Rose levantó la vista y miró hacia la esquina de la habi