La explanada frente a la torre de Helsinki BioTech estaba tranquila. La nieve caía suavemente sobre el asfalto. Los guardias de seguridad privada de Julian patrullaban el perímetro con confianza, sabiendo que tenían el "Arma Sónica" lista para freír el cerebro de cualquier lobo que se acercara a menos de un kilómetro.
Pero no contaban con el factor Rose.
En la linde del bosque que rodeaba el complejo industrial, no había cincuenta lobos. Había quinientos.
Mikael estaba de pie sobre una roca, con el auricular de Iridio brillando en su oreja izquierda. A su lado no estaba solo su manada. Había Alfas gigantescos de Siberia con pelaje blanco y grueso; lobos ágiles y rojizos de las manadas de España e Italia; bestias negras y masivas de los Cárpatos.
La llamada de auxilio de Mikael no había sido una petición; había sido una advertencia: "El humano tiene un arma que puede acabar con nuestra especie. Si caigo yo, caéis todos. Uníos o morid."
Y habían venido.
—Hermanos —dijo Mikael, su voz pr