El jardín de la mansión ya no era un jardín. Era el epicentro de un cataclismo. La nieve alrededor de Eirik no solo se derretía; se sublimaba instantáneamente, creando una columna de vapor hirviendo que subía hacia el cielo nocturno como el aliento de un dragón. Sus pies no tocaban el suelo; levitaba medio metro sobre la tierra calcinada, sostenido por la pura presión de una magia que había dejado de ser humana para volverse nuclear.
—¡SUELTA... ME! —La voz de Eirik no sonaba como la de su hijo