El gimnasio privado de la mansión olía a sudor limpio y feromonas. Eirik se había quitado la camisa, revelando un torso marcado por la tensión constante de su poder.
—No pienses, Aurora —le decía, sosteniendo un saco de boxeo pesado—. Tu mente humana intenta analizar el golpe. Tu loba solo quiere morder. Deja que ella tome el control.
Aurora, vestida con ropa deportiva prestada por Elena, respiraba agitada. Le dolían los nudillos. —No sé cómo hacerlo, Eirik. Siento... siento un cosquilleo, pero