El gimnasio privado de la mansión olía a sudor limpio y feromonas. Eirik se había quitado la camisa, revelando un torso marcado por la tensión constante de su poder.
—No pienses, Aurora —le decía, sosteniendo un saco de boxeo pesado—. Tu mente humana intenta analizar el golpe. Tu loba solo quiere morder. Deja que ella tome el control.
Aurora, vestida con ropa deportiva prestada por Elena, respiraba agitada. Le dolían los nudillos. —No sé cómo hacerlo, Eirik. Siento... siento un cosquilleo, pero nada más.
—Cierra los ojos —ordenó él suavemente, poniéndose detrás de ella, guiando sus caderas con las manos—. Siente mi calor. Siente el peligro. Imagina que alguien quiere hacerme daño.
Al decir eso, Eirik soltó un gruñido bajo, una vibración de Alfa que activó los instintos de Aurora. El "cosquilleo" se convirtió en fuego. Aurora abrió los ojos. Sus iris marrones se tiñeron de ámbar por un segundo. Lanzó un puñetazo.
¡BAM!
El saco de boxeo de cien kilos salió volando, rompiendo la cadena q