Alexis salió de la habitación con pasos pesados, cada pisada resonando como un eco de su rabia contenida.
Sus manos estaban cerradas en puños, los nudillos blancos, la mandíbula tensa. Su respiración era rápida, como si cada inhalación estuviera cargada de fuego.
No podía quitarse de la cabeza la imagen de Sienna, su voz, sus palabras.
Justo cuando iba a cruzar el pasillo hacia la salida, el gerente del lugar se interpuso, nervioso, pero intentando mantener la compostura.
—Señor Dalton, ¿todo bi