Enzo se quedó callado, tan quieto que parecía no respirar.
Sin embargo, sus ojos no dejaban de mirar a Pía.
La observaba con una mezcla de desconcierto y sospecha, como si intentara descifrar algo oculto detrás de su sonrisa forzada.
Aquella mirada, tan intensa, hizo que la joven se estremeciera. Sintió el pulso acelerarse, una opresión en el pecho, y fingió sentirse mal solo para escapar de allí.
—Perdón… no me siento bien —murmuró con voz débil antes de alejarse con paso vacilante.
Enzo la vio