A la mañana siguiente Fernanda fue dada de alta.
Salió del hospital con la palidez ya menos marcada, pero con el cuerpo aún frágil y la mirada clavada en un futuro que se le antojaba incierto.
Enzo la acompañó en silencio; su mano apretaba la suya con una ternura contenida que decía más que cualquier promesa.
Partieron a la ciudad sin demasiado ruido: la boda estaba a una semana y la vida pedía normalidad, aunque por debajo latiera el peligro.
No habían pasado ni dos días cuando Enzo recibió una