Cuando Sienna abrió los ojos, el frío de la noche aún le calaba los huesos.
Ya no sentía esas manos ásperas que la sostenían con fuerza; estaba libre, pero aún temblaba como una hoja al viento.
Sus párpados se alzaron lentamente y entonces lo vio: los hombres que minutos antes la habían atacado y amenazado, yacían tirados en el suelo, inmóviles, bañados en un charco oscuro de sangre.
El olor metálico le inundó las fosas nasales, despertando un pánico aún más profundo.
Un grito ahogado se escapó