Al llegar a Ovyu, Sienna bajó del tren con su hija dormida entre los brazos. La fiebre había bajado un poco gracias al antipirético, pero ella seguía débil, con las mejillas encendidas y los labios secos. Aun así, el cuerpecito de su hija se aferraba al de ella con esa confianza inocente que parte el alma, y era todo lo que Sienna necesitaba.
—Mami… ¿A dónde vamos? —murmuró Melody, sin abrir del todo los ojos.
—A algún lugar donde estaremos bien, amor —respondió Sienna con la voz entrecortada, s