Sienna caminaba sin rumbo, con el corazón latiendo desbocado y el cuerpo adolorido. La madrugada le calaba los huesos, y cada paso era un eco de su desesperación. Entonces, un auto se detuvo bruscamente a su lado.
—¡Sienna, súbete, déjame ayudarte! —dijo Gustavo, bajando la ventanilla con urgencia.
Ella lo miró con los ojos cargados de lágrimas, de miedo y de furia contenida. Sin decir palabra, abrió la puerta y subió.
—Llévame a la estación de tren —ordenó con voz quebrada.
—¡Sienna, por favor,