Había pasado una semana desde que todo explotó, y el ambiente en la casa Dalton ya no era el mismo.
Los pasillos, antes llenos de voces, de discusiones, de órdenes y hasta de risas, ahora parecían envueltos en un silencio cruel, denso, que lo abrazaba todo como una sombra interminable.
Cuando Enzo regresó al hogar familiar, lo primero que sintió fue esa quietud helada.
Era un silencio que no daba paz, sino que lo señalaba, como si las paredes mismas le recordaran cada error cometido, cada decisi