El auto avanzaba a través de la noche, con los limpiaparabrisas luchando contra los últimos rastros de la tormenta.
La lluvia había disminuido, cayendo más ligera, como si el cielo se hubiera cansado de llorar.
El silencio entre ambos era más ruidoso que cualquier aguacero.
Félix, con el rostro tenso, la miró de reojo.
—¿Quieres que vayamos a un hospital? —preguntó con voz contenida.
Orla, apoyada contra la ventana, no lo miró. Sus palabras salieron frías, como un puñal.
—Estoy bien.
La respuest