Las manos de Félix temblaron al terminar de leer la carta. Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y que la habitación giraba a su alrededor.
El aire se le escapaba de los pulmones como si un peso invisible lo asfixiara.
Se quedó inmóvil, con la carta arrugada en sus manos, mirando el vacío, con lágrimas que se negaban a caer, pero quemaban por dentro, quemándole el corazón con cada segundo que pasaba.
Cada palabra de Fedora retumbaba en su mente como golpes de un martillo implacable.
—¡Ma