El aire en la habitación se volvió denso, cargado de tensión, de memorias que se negaban a morir.
—¡Alexis, suéltame! —exclamó Sienna, luchando contra las manos que la retenían.
Él la sostuvo con desesperación, empujándola suavemente contra la camilla del hospital, como si temiera que, si la dejaba ir, ella se desvanecería para siempre de su vida.
Sus ojos estaban inyectados de dolor y rabia contenida. Era un hombre quebrado, con el corazón al borde del abismo.
—No… no, escúchame —suplicó, su vo