El pasillo del hospital olía a desinfectante, ese aroma penetrante que parecía colarse en la piel y en los recuerdos.
Las luces blancas parpadeaban con un zumbido tenue, y en medio de aquel escenario aséptico, la pequeña Melody se aferraba con fuerza al cuello de su madre.
Sus manitas temblaban, su respiración era rápida, como si quisiera llorar, pero temiera hacerlo.
—Papi va a estar bien —murmuró Sienna, abrazando a su hija contra el pecho.
Su voz sonaba segura, pero sus ojos, húmedos y rojos,