Gustavo no soltaba a Sienna ni un segundo.
La sujetaba con fuerza, como si al dejarla ir pudiera perderla para siempre.
El temblor de sus manos contrastaba con la firmeza con la que la arrastraba por los pasillos, ignorando las miradas de los curiosos.
—¡Gustavo, detente! —la voz de Sienna se quebró, entre súplica y enojo.
Él la miró con furia, con una mezcla de dolor y desesperación que le oscurecía los ojos.
—¿De verdad, Sienna? ¿Todavía lo amas? ¿Todavía piensas en ese hombre que te humilló,