—¡No voy a casarme con ella! —gritó Félix con una furia que resonó por toda la mansión, como un trueno que rompía la calma forzada de aquella familia.
Eugenio lo observó, con el ceño fruncido, los ojos encendidos de rabia contenida.
Ese hombre, que había gobernado con puño de hierro su imperio y a su familia, no aceptaba jamás una negativa.
—¿Qué no? —repitió con voz grave—. ¿Acaso te atreves a desafiarme a mí, Félix? ¿A tu propio padre?
Félix lo encaró, respirando agitado, con los puños.
—No p