En otra parte de la ciudad, las sombras parecían escuchar cada susurro de Tessa y Horacio.
La mujer, consumida por una obsesión ardiente que le devoraba el alma, hablaba con una voz cargada de veneno, como si cada palabra fuera un dardo dirigido al corazón de su rival:
—Tienes que ayudarme, Horacio. Si no me deshago de Sienna, jamás podré tener a Alexis.
Horacio, un hombre de mirada oscura y manos que parecían hechas para la violencia, la tomó bruscamente del cuello, obligándola a mirarlo a los