—¡¿Qué es esto?! ¡Abusaste de mí! —gritó Orla, con el rostro desencajado, la voz rota entre rabia y vergüenza.
Félix, aún despeinado, con la sábana enredada a la cintura, levantó las manos como si quisiera defenderse de un crimen que él también negaba.
—¡No, no, no! —replicó con torpeza—. ¡Tú abusaste de mí!
Ambos se miraron en silencio, con el horror reflejado en los ojos, como dos animales atrapados en una jaula de la que no había escapatoria.
Era imposible negar lo que había pasado, imposible