La mansión de Jesús parece haberse tragado toda la luz cuando llego. Las ventanas reflejan el atardecer como pupilas enrojecidas, y el silencio es tan denso que casi puedo saborearlo en el aire.
Jesús me recibe en la entrada, su figura recortada contra el vestíbulo oscuro. Tiene una copa de whisky en la mano y la corbata deshecha, como si llevara horas peleando con algo invisible.
—Kathy está arriba —dice antes de que pueda preguntar —Encerrada desde esta mañana. Marcus la dejó.
El nombre