El motor del auto ruge como un animal herido mientras Jesús acelera por la carretera, sus nudillos blancos sobre el volante. La mansión Montenegro ya es solo un destello en el retrovisor, pero su sombra sigue aquí, en el silencio que nos ahoga.
Intento romperlo.
—El postre estaba bueno, ¿no? Demasiado dulce para mi gusto, pero..
—No hagas eso —corta Jesús, su voz áspera—. No finjas que lo de allá fue normal.
—Tienes razón ese tipo podría convertir hasta un banquete en algo siniestro.