La oficina de Lumbre respira con su ritmo habitual cuando entro, pero el aire cambia en cuanto mis ojos encuentran a Jesús al fondo del pasillo. Está de pie frente a las ventanas del piso 40, su silueta recortada contra el cielo mañanero.
No me mira. No se gira. Pero sé que siente mi presencia igual que yo siento la suya: como una corriente eléctrica bajo la piel.
—¿Vas a quedarte ahí plantada como estatua o vas a trabajar? —la voz de Sofía me saca del trance, seguida de su risa afilada.
Me