El vestido azul marino que elegí —el mismo tono de las corbatas favoritas de Jesús— se siente repentinamente demasiado ajustado cuando el auto se detiene frente a la mansión Montenegro. Las luces de la entrada parpadean como ojos curiosos en la noche, y por un momento deseo estar en cualquier otro lugar.
Jesús abre mi puerta antes de que pueda hacerlo yo, su mano extendida en un gesto que no es del todo profesional. Sus dedos se cierran alrededor de los míos, cálidos y firmes, y me pregunto s