La sala de conferencias huele a café recién hecho y ambición. Las paredes de vidrio reflejan las caras expectantes de los ejecutivos, todos esperando nuestra presentación. Alberto ajusta su corbata por tercera vez en cinco minutos, sus ojos brillando con esa confianza absurda que solo los mediocres pueden permitirse.
—Déjame revisar los planos otra vez —susurro, extendiendo la mano hacia su tablet.
Alberto la retira con un movimiento brusco, casi haciéndome perder el equilibrio.
—Relájate