El vestido lila se adhiere a mis curvas como una segunda piel, el corte sirena obligándome a caminar con esa lentitud calculada que hace girar cabezas. Cada paso es una batalla entre la elegancia y el deseo de huir. Lo elegí sabiendo que sería una tortura—para mí, para él, para esta noche interminable que ya siento como una condena.
La oficina se ha transformado: las luces bajas convierten el espacio en algo íntimo, peligroso, como si las paredes mismas respiraran secretos. Los árboles de Nav