Alberto aparece en mi escritorio con un ramo de rosas rojas tan ostentoso como su sonrisa. El aroma dulzón invade mi espacio personal antes de que él lo haga, y tengo que contener el impulso de estornudar.
—Para la mujer más bella de Lumbre —dice, dejando las flores sobre mis informes con un gesto teatral.
Las rosas son caras, perfectas, completamente impersonales. Como él.
—Gracias —respondo, moviendo el ramo hacia un lado sin mirarlo—. Pero no era necesario.
Alberto no se inmuta. Se a