Las uñas se me clavan en las palmas cuando el ascensor privado sube hacia el penthouse de Montenegro. Jesús está a mi lado, impecable en su traje negro, la expresión tan impenetrable como el cristal a prueba de balas que nos rodea.
—Recuerda —dice sin mirarme—, Montenegro es un hombre de detalles. Observará cómo sostienes el café, cómo cruzas las piernas, cuántas veces parpadeas cuando mientes.
—¿Y qué hago si me pregunta algo fuera del guión?
Finalmente gira hacia mí. Sus ojos recorren mi