El taconeo de Sofía precede su llegada como un anuncio de malas noticias. Se detiene frente a mi escritorio, los brazos cruzados sobre ese traje rojo que parece diseñado para gritar "Mírenme".
—Qué raro no verte ayer. Y al jefe tampoco —dice, alargando las palabras como si estuviera saboreando una mentira.
La miro directamente a los ojos mientras me ajusto las gafas.
—Asuntos de negocios —respondo con una sonrisa que no llega a mis ojos pero que sé que la quemará más que cualquier insulto