—¡Dios mío, está absolutamente bellísimo! Es mucho más fino y elegante que el anillo que Antonio te dio en su momento. Oh, cielos, disculpa, Gabriel, no quise ser indiscreta.
Gabriel, lejos de ofenderse, suelta una carcajada sonora, relajándose por completo ante el comentario de mi amiga.
—No te preocupes en absoluto, Cesia. Oír de tu propia boca que es mejor que el que él le dio, me resulta sumamente satisfactorio.
—Sigue alimentando tu ego, Gabriel, que te va a explotar la cabeza —le respondo