La mansión victoriana, que durante los preparativos de nuestra mudanza sentí como un museo frío de piedra y madera, ahora vibraba con un sonido que me resultaba desconocido y embriagador: el llanto suave de Alis. Era una melodía que, aunque interrumpía mis escasas horas de sueño, me devolvía la cordura que la incertidumbre de los meses pasados había intentado arrebatarme. Gabriel estaba a mi lado, cargando a nuestra hija con una torpeza que me hacía sonreír a pesar del agotamiento físico y ment