—¿Quieres venir conmigo a mi departamento esta noche? —le susurro a Gabriel en un impulso, mientras el bullicio de la familia en el salón principal se vuelve insoportable.
—¿Está bien todo, Mía? ¿Por qué este cambio tan repentino? —inquiere, arqueando una ceja con cautela, analizando cada fibra de mi actitud extraña y defensiva.
—¿Quieres venir o no? No estoy para juegos ni para cuestionamientos ahora mismo.
—Está bien, iré contigo —responde, con una media sonrisa—. Pero no es para que te enoje